Para Alonso de Garay, fundador de Taller ADG, la arquitectura no busca imponerse, sino pertenecer. Sus proyectos parten de una relación sensible entre paisaje, cultura y vida cotidiana, en la que el espacio se convierte en una forma de ordenar la experiencia humana y construir vínculos más profundos entre las personas y el lugar que habitan. Más que concebir la arquitectura como un objeto aislado, el arquitecto la entiende como un medio para generar escenarios en los que la vida pueda desplegarse con naturalidad y el espacio acompañe, con discreción y precisión, los ritmos de quienes lo habitan.
Desde Taller ADG, De Garay propone una arquitectura que se aleja deliberadamente del gesto espectacular para concentrarse en lo esencial: la proporción, el contexto y la experiencia humana. En cada uno de sus proyectos —ya sean residenciales, educativos o de hospitalidad— el espacio se concibe como una herramienta para acompañar la vida cotidiana, permitiendo que la arquitectura dialogue con el paisaje y la cultura del sitio de manera silenciosa pero significativa.
En su práctica, la arquitectura surge de una búsqueda constante de congruencia entre lugar, personas y tiempo. Y De Garay entiende cada proyecto como un acto de equilibrio entre estos tres elementos. Su trabajo se distingue por una atención cuidadosa al contexto físico y cultural en el que cada obra se inserta, así como por una sensibilidad particular hacia la manera en que los espacios se habitan, evolucionan y adquieren significado con el paso del tiempo.
Más que imponer una forma preconcebida, su arquitectura intenta escuchar lo que el sitio sugiere a través del clima, la geografía, la cultura y la forma en que las personas habitan un territorio. A partir de esa lectura inicial, surgen decisiones de orientación, proporción, materialidad y honestidad constructiva que permiten que cada proyecto dialogue con su entorno de manera orgánica, integrándose al lugar sin necesidad de recurrir a gestos formales excesivos.
En un momento en que gran parte de la arquitectura contemporánea parece perseguir el impacto inmediato —y en ocasiones, incluso los espacios son concebidos más para la fotografía que para ser habitados— el trabajo de De Garay se mueve en una dirección distinta. Desde su estudio, desarrolla proyectos que buscan pertenecer naturalmente a su contexto y que pueden ser descubiertos lentamente con el paso del tiempo, permitiendo que el espacio revele sus cualidades de manera gradual. Y de hecho, habla de una arquitectura que se vuelve inevitable, como si siempre hubiera estado ahí, y afirma: “Para mí, la arquitectura es una forma de ordenar la vida a través del espacio”.
Su proceso comienza con una lectura profunda del sitio. Antes de pensar en planos o formas, aparece una sensación del lugar, una intuición sobre cómo debería sentirse el espacio, cómo entrará la luz, cuál será la orientación adecuada y qué atmósfera podrá generarse, porque, como explica el propio arquitecto, “la arquitectura empieza con una emoción, pero se construye con lógica”.
Entre interior y paisaje
Parte de esa sensibilidad se remonta a experiencias tempranas. Durante su infancia, De Garay pasó largas temporadas en Cuernavaca e Ixtapa, en casas donde el límite entre interior y exterior se diluía y la vida cotidiana transcurría entre terrazas, jardines y paisajes abiertos. Aquellos espacios marcaron profundamente su manera de entender la arquitectura y su relación con el entorno, revelándole que muchas veces, el verdadero valor del espacio aparece en ese territorio intermedio donde interior y paisaje se encuentran.
Más que edificios aislados, eran lugares en los que la vida sucedía en esa transición entre adentro y afuera, donde los espacios no terminaban en los muros, sino que se extendían hacia el paisaje, y la arquitectura funcionaba como un marco para experimentar el entorno. “Ahí entendí algo que después se volvió muy importante para mí: la arquitectura no se trata sólo de muros o techos, sino de cómo se habita ese espacio intermedio donde realmente ocurre la vida”, explica el arquitecto.
Esa relación con el paisaje continúa apareciendo de manera constante en su trabajo actual. Sus proyectos buscan enmarcar el entorno en lugar de competir con él, permitiendo que la naturaleza se convierta en parte esencial de la experiencia espacial.
Además, las vistas largas, la textura de los materiales y la manera en que los espacios se abren hacia su contexto aparecen de forma recurrente en su arquitectura. En lugar de llenar los proyectos con gestos formales, el arquitecto busca equilibrio, silencio y claridad. “Creo que siempre aparece una búsqueda de calma y equilibrio”, afirma. “Me interesa que los espacios respiren, tengan silencios y no estén saturados”.
El valor de lo esencial
Con el paso de los años, su manera de pensar los proyectos también ha evolucionado. Si al inicio de su carrera existía una necesidad de demostrar muchas ideas al mismo tiempo, hoy su enfoque se inclina hacia la claridad y la síntesis. Como él mismo resume: “Con el tiempo, uno aprende que menos puede ser mucho más poderoso”.
La experiencia le ha enseñado a confiar más en la proporción, la materialidad y la claridad de las ideas. Pero también a reconocer que la arquitectura que realmente permanece suele ser la más serena, aquella que encuentra su fuerza en lo esencial y no depende de gestos excesivos para expresar su identidad.
Cuando un proyecto parece estancarse, De Garay suele regresar al origen, al sitio y a la intención inicial. Muchas veces, explica, los problemas aparecen cuando demasiadas ideas compiten entre sí y el proyecto pierde su claridad conceptual. En ese sentido, el arquitecto suele recordar una regla simple que guía su proceso creativo: “La arquitectura muchas veces es un ejercicio de quitar más que de agregar”.
Con el tiempo, añade, se aprende algo fundamental, y esto es que la arquitectura requiere paciencia. Los proyectos toman tiempo, las ideas maduran lentamente y, en muchos casos, el verdadero valor de una obra aparece años después de haber sido construida.
Arquitectura y vida cotidiana
La creatividad del arquitecto no proviene únicamente de su disciplina. Viajar, recorrer ciudades, la gastronomía, el arte o incluso los gestos cotidianos de los oficios artesanales alimentan su manera de observar el espacio y de imaginar nuevas soluciones. Una caminata por una ciudad, la atmósfera de un restaurante bien diseñado o la forma en que un artesano resuelve un detalle con sus manos pueden detonar nuevas ideas. Para De Garay, la creatividad muchas veces nace simplemente de mirar con atención y de comprender cómo viven las personas.
Materiales como la piedra, la madera o los acabados hechos a mano poseen una imperfección que los vuelve profundamente humanos. Y cuando se trabaja con buenos artesanos, la arquitectura adquiere una profundidad y una textura que difícilmente puede lograrse de otra manera.
Ese interés por la vida cotidiana también se refleja en la diversidad de proyectos que desarrolla actualmente el estudio. Espacios educativos, residenciales y de hospitalidad conviven dentro de su práctica, cada uno con retos distintos, pero una misma intención de fondo: crear lugares que puedan ser habitados con naturalidad.
En los proyectos educativos, le interesa especialmente cómo la arquitectura puede influir en la forma en que las personas aprenden y conviven, mientras que, en los proyectos residenciales, el objetivo es crear espacios que se sientan verdaderamente habitables. En hospitalidad, en cambio, aparece la oportunidad de diseñar experiencias completas que van desde la llegada al lugar hasta la manera en que el espacio se recorre y se vive a lo largo del día. Como señala el arquitecto: “Lo que más me entusiasma es cuando un proyecto logra influir positivamente en la forma en que las personas se relacionan entre sí”.
Con el tiempo, De Garay también ha comprendido que la arquitectura no se separa de la vida. Las conversaciones, los viajes, los momentos con la familia y los espacios cotidianos terminan influyendo en la manera en que uno imagina los lugares, pues más allá de los edificios, lo que realmente se busca construir son escenarios donde la vida pueda suceder con naturalidad.
Arquitectura como responsabilidad
El estudio también participa en iniciativas sociales en colaboración con fundaciones e instituciones de asistencia. En estos proyectos pro bono, el reto consiste en trabajar con recursos limitados sin renunciar a la calidad espacial. “Muchas veces los presupuestos son muy reducidos”, dice De Garay, “pero precisamente ahí aparece un reto valioso: cómo crear espacios dignos y generosos incluso dentro de la austeridad”.
Para el arquitecto, estas experiencias recuerdan algo esencial: la arquitectura puede mejorar la vida de las personas no sólo a través de grandes proyectos, sino también mediante pequeños gestos capaces de transformar profundamente el día a día.
Diseñar comunidades
Si tuviera libertad absoluta para imaginar un proyecto, De Garay no diseñaría necesariamente un edificio, y se inclinaría por un tejido urbano donde arquitectura, cultura y vida cotidiana puedan convivir de forma natural. Imagina un pequeño village en el que plazas, cafés, talleres, galerías y viviendas se organicen alrededor de calles y patios caminables, generando espacios de encuentro que favorezcan la vida pública.
“Más que diseñar sólo edificios”, asegura el arquitecto, “lo que me entusiasmaría sería diseñar una comunidad que con el tiempo pueda desarrollar su propia identidad”.
Cuando la arquitectura ayuda a crear lugares donde la gente quiere quedarse, deja de ser solamente arquitectura y se convierte en cultura viva.
Al final, su visión se resume en una idea sencilla pero profunda: construir escenarios donde la vida pueda suceder con naturalidad y la arquitectura pueda convertirse, con el tiempo, en parte del legado cultural de un lugar.
“La arquitectura, en el fondo, es un acto de cuidado; cuidado por el lugar donde construimos, por las personas que habitarán esos espacios y por el tiempo que vendrá después de nosotros”.